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¿Qué es la intuición? Mitos y verdades: cuándo debemos confiar en ella y cuándo no.

Quizá hayas escuchado miles de veces frases como «Mi intuición nunca me falla» o «Yo (o ella , o él) nunca me equivoco cuando tengo una corazonada» o «Sigue a tu corazón, él siempre te dice la verdad». Tal vez las escuchaste, o puede ser que tú mismo las hayas empleado; en cualquier caso, déjame adelantarte algo, aunque te decepcione: la intuición no siempre te dice la verdad, muchas veces falla, sea quien fuera el que la experimente, e incluso hay ocasiones en que es muy peligroso seguir tus intuiciones, como veremos.

Sé que suena romántico eso de que el corazón (intuición) nunca se equivoca, pero la vida es bastante menos idílica de lo que nuestros sentimientos nos la muestran. Muchas veces, cuando utilizamos este tipo de frases es más una expresión de deseos que una afirmación objetiva de los hechos.

«Cuando utilizamos este tipo de frases es más una expresión de deseos que una afirmación objetiva de los hechos».

Lo que no tenemos en cuenta cuando repetimos como un mantra estas frases es que la intuición no surge de la nada, no es un poder mágico infalible. Lejos de ello, la intuición surge a partir de un sustrato de experiencias, acontecimientos, sesgos,  prejuicios y creencias que subyacen en nuestro inconsciente, y que condicionan (y muchas veces determinan) el tipo de intuiciones que tendremos ante algo o alguien.

E incluso, nuestras intuiciones están altamente influenciadas por nuestros deseos y metas.

«La intuición surge a partir de un sustrato de experiencias, acontecimientos, sesgos, prejuicios y creencias que subyacen en nuestro inconsciente, y que condicionan (y muchas veces determinan) el tipo de intuición que tendremos ante algo o alguien».

Los seres humanos somos un manojo de emociones (por más racional que nos consideremos), y nuestros pensamientos, razonamientos e intuiciones suelen seguir como obedientes vasallos a nuestras emociones, justificando lo injustificable o arriesgando nuestras finanzas, poniendo en peligro nuestro afectos e incluso nuestra vida.

¿O acaso cuando estamos obsesionados con alguien nuestro corazón no nos «dicta» que es la persona correcta, nuestra intuición no nos «confirma» que sigamos en esa relación, por más que estemos con alguien que objetivamente no nos conviene, alguien que puede ser un/a manipulador, un/a estafador, un/a psicópata o, simplemente, alguien poco compatible con nuestros valores más esenciales?

¿O cuando un gurú nos dibuja un futuro soñado, o nos da la «receta mágica» para hacernos millonarios de la noche a la mañana, sin esfuerzos, no sentimos (intuimos) que nos dice la verdad, que si le damos el dinero que nos pide nos haremos ricos?

Ya lo dijo el gran filósofo inglés John Locke: «La gente necesita creer lo que siente»¹.

Por todo ello, debemos ser muy cuidadosos con nuestras intuiciones y corazonadas, y saber cuándo es razonable (y conveniente) seguirlas y cuándo no.

Te compartiré 8 reglas que nos permitirán saber cuándo debemos seguir a nuestras intuiciones, de acuerdo con las investigaciones científicas, y también expondré cómo podemos adquirir una intuición experta, que es la más confiable en un determinado contexto.

Regla número 1

1: Hay que completar el impulso intuitivo con al menos un poquito de reflexión consciente, si hay tiempo para ello.

Siempre que tengas tiempo para corroborar conscientemente tu intuición, hazlo. Esto es así porque tanto el pensamiento consciente como el inconsciente tienen sus puntos débiles y sus puntos fuertes, y lo mejor es usar ambos si podemos.

Por ejemplo,  si alguien te dice que inviertas tu dinero en algún negocio, aquí no hay nada que ponga en riesgo tu vida de forma inmediata, por lo que debes tomarte el tiempo suficiente y analizar la situación de forma objetiva, buscando información, datos, etc., que apoyen o no tu intuición, y solo entonces tomar una decisión, lo más objetiva posible. 

Pero quizá te estés preguntando: “¿Qué sucede si no hay tiempo para ponderar racionalmente una intuición?”

Lo cual nos lleva a la segunda regla.

Regla número 2

2: Si no tienes tiempo para pensarlo, no corras grandes riesgos por pequeñas ganancias basándote solo en tus impulsos o intuiciones.

Siempre tienes que ponderar lo que está en juego: si es mucho (como tu propia vida o la de otra persona) es mejor no arriesgarse.

Volviendo al ejemplo anterior, si alguien te dice que inviertas todo tu dinero pero que tiene que ser ahora, es decir, te presiona (algo muy utilizado por los maestros de la manipulación o la estafa) es mejor no hacerlo. Si bien aquí no está en juego directamente tu vida, puede dejarte en la ruina, con todo lo que ello implica. En otras palabras, no compensa.

Por el contrario, si tu hijo de cuatro años se tropezó en la vías férreas y en ese momento viene un tren, seguramente para ti valdrá la pena actuar. Corres un gran riesgo, pero no actuar sería peor.

Sin embargo, la reflexión consciente también puede jugarte una mala pasada en ciertas ocasiones. Veamos.

Regla número 3

3: Cuando te enfrentes a decisiones complejas en las que intervienen muchos factores, y sobre todo cuando no cuentes con medidas objetivas (datos fiables) de esos factores importantes, tómate en serio tu intuición.

El pensamiento consciente es muy potente, pero limitado en cuanto a la complejidad de lo que puede considerar en un momento dado. Podemos manejar hasta tres cosas a la vez cómodamente, pero más de eso es difícil.

Por ejemplo, en un estudio se les dio a unos participantes información necesaria sobre qué coche era mejor comprar teniendo en cuenta aspectos relevantes (consumo de gasolina, precio, fiabilidad, lujo).

Luego de que leyeran toda esta información, a un grupo se les pidió que pensaran conscientemente qué coche era mejor, y a otro grupo se les impidió pensar conscientemente sobre coches durante el mismo período de tiempo. Para evitar que pensaran, tenían que realizar una tarea mental difícil que requería toda su atención (como contar hacia atrás desde 643 de siete en siete).

Una vez terminada la tarea, los sujetos dieron sus valoraciones sobre los coches, y el resultado fue sorprendente: los que utilizaron el pensamiento inconsciente (los que se distrajeron con la tarea) tomaron mejores decisiones que los que habían reflexionado conscientemente.

¿Cómo fue posible que el pensamiento inconsciente fuera más acertado que el consciente?

Pues bien, otro estudio reveló que el área del cerebro que se encendía cuando los sujetos asimilaban la información conscientemente sobre los coches, seguía activa cuando después los mismos sujetos realizaban la tarea de distracción (y por lo tanto estaban pensando inconscientemente sobre los coches). Mas aún: cuanto más activa estuvo esa área del cerebro durante el período inconsciente mejor era la decisión que el sujeto había tomado.

Por lo tanto, las mejores decisiones se toman mediante una combinación de pensamiento consciente e inconsciente, y en ese orden: primero consciente, luego inconsciente.

El dicho «consúltalo con la almohada» tiene su base científica.

Esto tiene tiene sentido desde el punto de vista evolutivo, teniendo en cuenta que desarrollamos nuestro pensamiento consciente muy tarde en la historia de nuestra especie. Así, nuestros ancestros debían tomar decisiones muy complejas como detectar las intenciones de un posible enemigo o el trato justo a los miembros dentro de la tribu. En estas circunstancias son muchos los factores que intervienen, además de que unos pocos segundos podían marcar la diferencia entre la vida o la muerte.

Es comprensible, entonces, que la evolución nos dotara de esta capacidad inconsciente para tomar decisiones complejas, integrando de forma rápida todas las variables implicadas en una situación dada.

Sin embargo, los procesos conscientes son mejores que los inconscientes cuando hay una regla que seguir.

Por ejemplo, ante decisiones financieras complejas u otra situación donde sean relevantes los datos cuantificados, es mejor utilizar los ordenadores y el pensamiento consciente.

Regla número 4

4: Para saber cuándo confiar en nuestra intuición, ten cuidado con lo que deseas.

Como ya adelantamos, las metas cambian nuestras reacciones instintivas. Ejercen una enorme influencia sobre nuestra valoración espontánea que hagamos sobre cualquier cosa que sea relevante para su consecución.

Mostramos preferencia hacia lo que nos ayuda a lograr un objetivo y rechazo hacia lo que no nos ayuda. A tal punto es así que alguien que era odiado por ser de los otros ( equipo deportivo, partido político o religión contraria a la nuestra) se convierte como por encanto en alguien amado (o , al menos, “simpático”) una vez que se pasa a nuestro bando.

Por ejemplo, a la hora de juzgar a un dirigente político de nuestro partido que roba y se enriquece con el erario público, es probable que digamos «Roba pero hace», o pero aún «Se merece, por lo menos “ayuda” a los pobres». Sin embargo, si esa misma conducta la vemos en un político del partido opositor, nuestro prurito moral y nuestra “indignación” se ciernen sobre él con una severidad draconiana: «!Corrupto, delincuente, asesino!».

La misma actitud despierta dos reacciones viscerales muy diferentes según nuestras preferencias.

Como dijo el filósofo Espinoza: «No deseamos algo porque lo juzguemos bueno, sino que lo juzgamos bueno porque lo deseamos».²

Por lo tanto, examina bien tus metas cuando valores algo o a alguien, porque seguramente teñirán tus deseos y preferencias y, con ello, tus intuiciones.

Regla número 5

5: Cuando nuestra primera reacción visceral ante una persona de otra raza sea negativa, deberíamos reprimirla.

Estamos diseñados evolutivamente para pensar en términos de nosotros contra ellos: hasta los bebés pequeños muestran preferencias automáticas por su propio grupo, y un sesgo negativo  hacia personas de otros grupos sociales.³

En los albores como especie, nuestra capacidad para evaluar inmediatamente si alguien era amigo o enemigo, si debíamos irnos o quedarnos, era crucial: la vida y la muerte pendían de lo acertado o no de esa evaluación.

Y en ese entorno ancestral, nuestra capacidad instantánea para evaluar a los demás muchas veces era acertada: a fuerza de ensayo y error fuimos afinando nuestra intuición. Pero repito: en ese entorno ancestral.

Sin embargo, nuestro entorno actual es muy diferente al de nuestros antepasados, y en consecuencia nuestras primeras reacciones viscerales sobre un desconocido suelen fallar muy a menudo (con consecuencias muchas veces graves).

Por ejemplo, en un estudio se comprobó que cuando a un grupo de personas se les mostraba de forma subliminal rostros negros sonrientes y atractivos en la primera parte del experimento provocaba una mayor hostilidad en los participantes blancos en la segunda parte del experimento. La presentación subliminal de rostros blancos no causaba este efecto.

Nuestras tendencias innatas de «nosotros contra ellos» pueden derivar incluso en asesinatos, como podemos corroborar en las noticias diarias (barras de fútbol enemigas, etc.) y a lo largo de la historia (Inquisición, Holocausto, Gulags Soviéticos, etc.).

Teniendo en cuenta estos datos científicos, mi consejo es:

«Cuando estemos por primera vez delante de alguien diferente a nosotros (ya sea en materia de religión, raza, clase social o idioma) no nos fiemos de nuestras reacciones viscerales. Suelen estar empañadas por nuestro vestigio evolutivo o ser un producto cultural de nuestra primera socialización y de los medios de comunicación».

Sobre todo cuando se trata de personas claramente diferentes a nosotros, démosle una oportunidad, miremos más allá de lo superficial y basemos nuestros juicios en su conducta.

Regla número 6

6: No deberíamos confiar en nuestras valoraciones de los demás, basadas solo en sus rostros o en fotografías, hasta que hayamos tenido alguna interacción con ellos.

Esto es muy importante, ya que siempre estamos evaluando la personalidad de otra persona a partir de su apariencia facial (tiene que ver con un sesgo cognitivo llamado efecto halo, pero de estos sesgos te hablaré en otro post 😉).

Leemos en un rostro rasgos como la competencia y la fiabilidad, e incluso la orientación sexual, de forma muchas veces errónea, peligrosa e injusta. Así, se ha demostrado que los adultos con cara de niño (o más atractivos) tienen más probabilidades de ser declarados inocentes, y los acusados con rostros menos agraciados (o racialmente prototípicos) suelen recibir sentencias más duras.

No solo eso, sino que las inferencias que hacemos a partir de la apariencia estática de alguien (como las fotografías) suelen ser peores que si no las viéramos y en cambio nos guiamos por meras estadísticas o en las conductas normalmente esperadas de las personas en general.

En un estudio se demostró que cuando a un grupo se les mostraba unas fotografías de candidatos políticos para que  predijeran su afiliación política, resultó que sus predicciones fueron menos precisas que las del grupo que solo se guió por la proporción matemática, sin ver las fotografías.

¿Por qué sucede esto? 

Pues porque no hemos evolucionado para ser capaces de leer la personalidad en fotografías estáticas, ni por la apariencia facial.

Evolucionamos, en cambio, para ser muy sensibles a la expresión emocional de una persona (si está enojada o triste, o asustada, etc.) cuando está en acción, cuando interactúa con los demás.

Lo que nos lleva a la siguiente regla.

Regla número 7

7: Puedes confiar en tus instintos con respecto a otras personas… solo después de haberlas visto en acción. (Esta regla quizá sea la más importante).

En un interesante estudio se pidió a los participantes que evaluaran la capacidad y el rendimiento de un profesor mirando un vídeo de solo treinta segundos de ese profesor en la clase. El resultado fue sorprendente: las valoraciones de estos participantes fueron similares a las de los expertos que habían observado durante meses al profesor dando clases.

El estudio fue más allá y se redujo el tiempo del vídeo a ¡solo seis segundos!. Los resultados no variaron: los participantes eran capaces de evaluar con precisión el rendimiento de los profesores a lo largo de seis meses.

Los investigadores concluyeron que los seres humanos podemos evaluar con precisión otros rasgos, como la orientación sexual o el éxito de un directivo en una empresa, observando la conducta real de una persona en períodos muy breves como seis segundos.

He aquí una regla mía, basada en años de experiencia y análisis objetivo (aunque doloroso) de esas experiencias: 

«Maduramos, entre otras cosas, cuando dejamos de atender a las palabras de los demás y observamos su conducta para juzgar cuáles son sus verdaderas intenciones, deseos y valores».

Regla número 8

8: Está muy bien que el atractivo sea una parte de la ecuación romántica, pero no debería ser el único factor, ni siquiera el más importante.

No me malinterpretes: el atractivo es importante. De hecho, es un placer literal ver rostros atractivos: nuestros centros de recompensa del cerebro se activan cuando los miramos. Incluso los estudios muestran que hasta los bebés prefieren mirar rostros atractivos.

Está en la naturaleza humana preferir gente atractiva sobre gente no atractiva; y ello, en principio, no tiene nada de malo. El problema surge cuando atribuimos otras cualidades a esa persona a partir de su atractivo.

Esto se debe al mencionado efecto halo, que consiste en atribuir cualidades positivas a alguien en base a su atractivo: las personas bellas nos parecen más competentes, más inteligentes e incluso más honestas.

El famoso dicho de que las lindas (o lindos) son tontos es un invento de los feos. Como acabas de ver, nuestra tendencia valorativa automática se decanta por la opción contraria.

Por lo tanto, cuando se trata de elegir a una pareja, no te quedes solo con su apariencia física (y facial). Tómate el tiempo necesario para observar su conducta y poder evaluar con más precisión su personalidad completa.

9. Cómo adquirimos una intuición experta

¿Por qué somos tan confiados a la hora de creer en nuestras intuiciones, como si fueran un poder infalible?

Se debe básicamente a dos impresiones:

1.La facilidad cognitiva.

2.La coherencia.

Es decir, confiamos cuando la historia que nos contamos a nosotros mismos nos viene a la mente con facilidad y no hay en ella contradicciones ni escenarios que se opongan. Pero ahí está la trampa (y el peligro): ni la facilidad ni la coherencia garantizan que una creencia mantenida con confianza sea verdadera. (Ambas impresiones son sesgos cognitivos que, como ya sabes, te explicaré en otro post con más detalle).

Nuestra máquina asociativa está hecha para suprimir la duda y suscitar ideas e información que sean coincidentes con la historia dominante en el momento. Nuestro cerebro detesta la impredecibilidad, el sinsentido y el azar (que, no obstante, forman parte de la vida, por más que los gurús de la New Age lo quieran negar. Causalidad y casualidad son perfectamente compatibles), y es capaz de contarse cualquier historia que le resulte fácil y coherente, aunque sea falsa.

Grábate esta frase: 

«La confianza que tengamos en nuestras intuiciones no es una guía segura para conocer su validez».

Entonces, si no debemos fiarnos de nuestra confianza subjetiva, ¿cómo podemos evaluar la probable validez de un juicio intuitivo? ¿Cuándo reflejan los juicios la auténtica condición de experto?

Para lograr esta aptitud de experto se deben dar dos condiciones:

1. Un entorno que sea lo suficientemente regular para ser predecible;

2. Una oportunidad de aprender estas regularidades a través de una práctica prolongada.

Cuando se satisfacen estas dos condiciones, es probable que las intuiciones sean aptas.

El ajedrez es un ejemplo extremo de entorno regular. Sin embargo, médicos, enfermeros, atletas y bomberos se enfrentan asimismo a situaciones complejas pero, en lo fundamental, ordenadas.

En cambio, los inversionistas o politólogos, que hacen predicciones a largo plazo, operan en un entorno de validez cero: el futuro lejano que intentan predecir es esencialmente impredecible.

Ello en absoluto implica que los inversionistas o politólogos (o cualquiera que intente predecir el futuro lejano) sean tontos: no se puede culpar a nadie de fracasar en sus predicciones en un mundo impredecible. Dicho en otras palabras, el problema no es quien predice, sino lo que se intenta predecir.

Sería justo, sin embargo, culpar a profesionales por creer que pueden tener éxito en esta tarea imposible. En ausencia de elementos válidos (práctica prolongada y entorno regular) los «éxitos» de las intuiciones se deben unas veces a la suerte y otras son mentiras.

Ahora que sabes la importancia del entorno, ten presente esta regla:

«No puede confiarse en la intuición en ausencia de regularidades estables en el entorno».

Además de un entorno regular, se requiere ser un experto en un área determinada, y ello no ocurre de la noche a la mañana. Estudios sobre maestros de ajedrez han demostrado que se requieren unas 10.000 horas de práctica entregada.

Esto equivale a practicar seis años durante cinco horas diarias para llegar al nivel máximo. En todos ese tiempo, el ajedrecista se familiariza con miles de configuraciones y disposiciones de las piezas, defensas, ataques y contra ataques. Finalmente, cuando mira el tablero empieza a reconocer patrones de jugadas enteras; es decir, empieza a intuir como un experto.

Un ejemplo más cotidiano sería el de un mecánico de coches. Con solo escuchar un ruido al encender el motor, puede intuir (con bastante probabilidad) el problema del vehículo. Pero ello no se debe a nada mágico ni por un don divino: son años y años de práctica durante muchas horas diarias.

Por último, hay otro ingrediente que se debe tener en cuenta a la hora de adquirir una intuición experta: la retroalimentación rápida de nuestra práctica.

Pongamos el ejemplo de la conducción de un coche. Cuando aprendemos a conducir, vamos obteniendo una retroalimentación inmediata de nuestras acciones: aprendemos cuándo apretar el freno, cómo y cuándo soltar el acelerador de acuerdo al efecto inmediato que produce, la pequeña recompensa por un giro suave o la pequeña penalización por alguna dificultad en la conducción cuando pisamos el freno con demasiada fuerza o demasiada poca, etc.

Un conductor de grandes buques en un puerto, por el contrario, no obtiene este tipo de retroalimentación veloz, pese a operar en un entorno regular. Es mucho más difícil adquirir habilidad con la experiencia en este tipo de actividades debido a la tardanza con que las acciones muestran sus resultados visibles.

Herbert Simon, un experto mundialmente respetado y admirado en el estudio de la toma de decisiones, dijo sobre la intuición: «La situación ofrece la ocasión; esta ofrece al experto acceso a información almacenada en la memoria, y la información ofrece la respuesta. La intuición no es ni más ni menos que el reconocimiento».

En otras palabras, la aparente magia de la intuición se reduce a la experiencia cotidiana de la memoria.

Conclusión

La ciencia ha echado luz sobre un mecanismo tan poco comprendido y sin embargo universalmente experimentado como es la intuición. Las reglas descriptas en este post te servirán para saber cuándo es razonable guiarte por tu intuición y cuándo no; los peligros que conlleva nuestro exceso de confianza en ella y los recaudos que debemos tomar para evitar potenciales riesgos.

La intuición es un herramienta que tenemos todos los seres humanos y, como todo lo humano, es falible, aunque bien utilizada puede ser sumamente útil. Y para utilizarla bien, debes conocerla bien. Espero haberte ayudado en esta tarea.

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¡Muchas gracias! 🙂.

 

Liber Heffner

Referencias bibliográficas

1 John Locke, Ensayo sobre el entendimiento humano, FCE, México, 1999.

Baruch Spinoza, Ética demostrada según el orden geométrico, Alianza Editorial, Madrid, 2001.

3 John Bargh, ¿Por qué hacemos lo que hacemos?, El poder del inconsciente,Penguin Randome House, Barcelona, 2018.

4 Nancy Etcoff, Survival of the prettiest: The science of beauty, Anchor, New York, 2000.

5 Daniel Khaneman, Pensar rápido, Pensar despacio, Penguin Randome House, Buenos Aires, 2016.

6 Joshua Foer, Moonwalking with Einstein, Penguin Books, 2012.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. Gerardo Oviedo

    Muy buen artículo. Lo que me gusta de tu estilo es que siempre desmitificas con conocimiento de causa. Eso ayuda a abrir las mentes

    1. Liber Heffner

      Muchas gracias Gerardo por tu comentario. Me alegra que te haya gustado y que puedas llevarte herramientas que te puedan servir. ¡Saludos!

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